MI PERRO Y YO (por Mara Torres)
He subido al coche para ir a hacer la compra, y al abrir la guantera para buscar no sé qué papel, he empujado sin querer el rodillo ese que tiene una pega para quitar las pelusas de la ropa y que para nosotros siempre ha sido el ‘rodillo de los pelos del perro’. Ha rotado por la guantera y lo he pillado al aire. Y me he quedado así, quieta, con el rodillo en la mano sin saber muy bien qué hacer con él porque tú ya no vas a volver.
Eras un perro gigante. En casa llevaban doce años tomando decisiones en función a ti: ‘Al final, ¿qué?, ¿nos vamos de viaje este puente?’. ‘Pues es que las niñas (las ‘niñas’ por nosotras, qué risa) también se van fuera y no puede quedarse nadie con el perro’. Los viajes, la fiesta que hace no sé quién fuera de la ciudad, que si la cartilla del veterinario, que si no te olvides de traer el saco de pienso, que vigiléis que el cacharro del agua esté lleno, que dice papá que si le acompañas a dar una vuelta con el perro, que si dónde hemos dejado la correa, que si otra vez está malo de los oídos. Y el coche. Nosotros siempre tuvimos uno familiar no porque fuéramos numerosos, sino porque éramos una familia con perro. De hecho, controlábamos cómo estabas por cómo te subías al maletero: ‘Mami, ¿qué tal está el perro?’. ‘Fenomenal, se sube al coche de un salto’.
Cuando íbamos a la playa te tirabas toda la mañana inquieto, te ponías al lado de donde estaba tu correa y mirabas a la correa y nos mirabas a nosotros. A nosotros y a la correa. Y hasta que no decíamos lo de ‘tranquilo, que no te vamos a dejar aquí‘, no parabas de mirar. En los trayectos, te acoplabas en la parte de atrás hecho un ovillo y apenas te movías, pero en cuanto notabas el olor del mar, te volvías loco... Te levantabas tan excitado que te dabas con la cabeza en el techo del coche y nosotros nos partíamos de risa de lo torpe que eras y de lo contento que te ponías. Luego sacabas el hocico por la ventanilla de atrás y te quedabas con los ojos semicerrados durante un buen rato.
Me acuerdo del último viaje que hicimos juntos. Yo ya no vivía en casa y me había tocado quedarme contigo el fin de semana, así que nos fuimos a la casita que tenemos cerca de un pantano a las afueras de Madrid. Y no veas cómo lo pusiste todo de pelos. Había bajado los asientos traseros para que cupieras en mi maletero y los pelos llegaron hasta el salpicadero. La tapicería negra se puso blanca y los cristales de atrás perdidos de babas porque anduviste olisqueándolo todo. Llovía a cántaros, pero dio igual; nos pasamos horas caminando por el pinar que hay detrás de la casa. Yo te gritaba: ‘¡Que no te metas en los charcos!’, pero como tú a esa frase siempre le hiciste oídos sordos, esperabas a que te tirara otra vez la pelota, salías corriendo a por ella por la parte más embarrada, profunda y blanda del camino y volvías cubierto de fango hasta las cejas, con la bola en la boca y con cara de ‘aquí no ha pasado nada’.
Y sólo ha pasado que ya no estás. Que tengo un rodillo en la mano que es tuyo, de tus pelos. Que los cristales de mi coche están limpios, pero yo querría que tuvieran babas, y que la tapicería me parece hoy más negra que nunca.
Mara Torres para la revista Autoclub (julio 2008)

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labana dijo
Una vez puestos al día... una que se pira a dormir. Pero antes aquí dejo un texto que Mara ha escrito en la revista Autoclub y que rescaté para traerlo al blog.
Al respecto decir que yo también tengo perro y realmente se llegan a convertir en uno más en la casa. Algo que no entiende la gente que no tiene, en fin, ellos se lo pierden (en mi opi, claro).
Como siempre, si quieres comentar, opinar... puedes hacerlo en el artículo que desees.
Buenas noches y buen día.
Abrazosss
22 Julio 2008 | 01:29 AM